Hay días en los que uno no avanza en línea recta.
Días que se abren como heridas viejas,
cuando la memoria se despierta en el idioma donde ocurrió todo.
Anoche lloré en español.
No por nostalgia,
sino porque el dolor más antiguo mío
no entendía el inglés.
Tenía casa, acento y contexto propios.
Y yo, por primera vez en décadas,
lo escuché en su lengua original.
No hubo vergüenza, aunque por años pensé que sí.
Lo que hice entonces, lo hice por amor.
Quizá un amor desbalanceado,
quizá ingenuo,
pero mío.
Y hoy, en vez de esconderlo como una falla,
lo tomo como parte de mi historia:
fue mi manera de caminar con lo que sabía,
con lo que sentía,
con lo que era capaz de dar.
Hay recuerdos que sólo se abren cuando uno está listo.
Se abren como hojas que uno pisa y, sin saber por qué,
hacen que uno regrese por ellas.
Algo te llama: vuelve, mírame, intégrame.
A veces es una hoja,
a veces un gorro encontrado,
a veces una lágrima que se te acaba y te da risa.
Hoy amanecí diferente.
No ligero — firme.
No vacío — decidido.
Con ese tipo de claridad que llega sólo cuando uno acepta que ya no está perdido,
que uno mismo es el mapa.
Reconocer mi pasado no me encierra;
me libera.
Ignorarlo me haría repetirlo.
Integrarlo me permite caminar hacia adelante
con la valentía silenciosa de quien ya sabe quién es,
y sobre todo,
quién no volverá a ser.
Aprendo.
Me equivoco.
Me suelto.
Me recupero.
Me doy permiso.
Hoy lo digo sin temblar:
mi historia es mía.
Mi camino también.
WE&P by: EZorrillaMc&Co.
